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Los derechos humanos bajo asedio: por qué hay quienes se empeñan en negarlos

Los derechos humanos bajo asedio: por qué hay quienes se empeñan en negarlos

Extracto

Del mundo a nuestra región: un análisis de la regresión de los derechos y una reflexión sobre quienes los niegan.

En 1948, con las ruinas de la Segunda Guerra Mundial todavía humeantes, la Declaración Universal de los Derechos Humanos afirmó algo históricamente nuevo: que toda persona tiene derechos por el solo hecho de serlo, sin importar su nación, su religión, su sexo o su gobierno. Fue una promesa, no una descripción. Ochenta años después, esa promesa sigue a medio cumplir y, en muchos lugares, retrocede.

Este texto tiene tres partes. La primera mira el fenómeno a escala mundial. La segunda baja a nuestra región, América Latina, donde la desazón es palpable. La tercera intenta responder una pregunta incómoda: ¿Por qué hay quien se resiste a los derechos humanos con tanta obstinación?

El panorama mundial: Cuatro formas de negar derechos

Negar derechos hoy no siempre se parece a una dictadura de manual. Se manifiesta al menos de cuatro maneras:

  • La negación abierta. Regímenes que excluyen por ley a grupos enteros. El caso más claro es la prohibición de que niñas y mujeres accedan a la educación y al espacio público en Afganistán bajo el Talibán, una restricción que casi ningún otro gobierno defiende públicamente como principio.
  • La represión de la disidencia. Arrestos masivos, cortes de internet, periodistas encarcelados, oposiciones ilegalizadas. Ocurre en Irán, Rusia, Bielorrusia, Myanmar y muchos otros lugares, con métodos que se copian y se perfeccionan entre gobiernos.
  • El vaciamiento desde dentro. Democracias que conservan las urnas pero erosionan los contrapesos: tribunales capturados, prensa asfixiada, minorías señaladas como amenaza. Es la vía más silenciosa, porque se hace con leyes y mayorías en lugar de tanques.
  • La excepción permanente. Democracias consolidadas que suspenden garantías por razones de seguridad, restringen el asilo, criminalizan la migración o normalizan la vigilancia masiva. El problema aquí no es la falta de instituciones, sino la disposición a hacer excepciones «temporales» que se vuelven estructurales.

El fenómeno no tiene una sola bandera política ni un solo hemisferio. Se ven violaciones graves en autocracias, en democracias frágiles y en democracias ricas, en gobiernos que se dicen de izquierda, de derecha o de ninguna de las dos. Lo que los une es una lógica: cuando los derechos estorban a un objetivo mayor (la seguridad, la identidad, la revolución, la estabilidad), se sacrifican.

Los escudos retóricos

Quienes niegan derechos rara vez dicen que lo hacen. Casi siempre se amparan en un discurso que suena razonable:

  • «La soberanía nacional.» Lo que ocurre dentro de mis fronteras es asunto mío.
  • «Los valores tradicionales.» Estos derechos son ajenos a nuestra cultura.
  • «La seguridad.» En tiempos de amenaza no podemos permitirnos garantías.
  • «El pueblo lo pidió.» Una mayoría puede decidir sobre los derechos de una minoría.

Cada argumento tiene un núcleo que merece respeto (los Estados sí tienen soberanía, las culturas sí importan, la seguridad sí es un bien, la democracia sí se basa en mayorías) y una extensión que no lo merece: la que convierte ese núcleo en licencia para anular a personas concretas.

El doble rasero

También debilitan los derechos quienes los invocan de forma selectiva. Cuando un Estado condena la represión del adversario y calla la del aliado, o cuando usa el lenguaje de la libertad para justificar una intervención que deja miles de civiles muertos, el principio pierde crédito. Y ese descrédito es el mejor argumento de quienes quieren que desaparezca.

Cerca de casa: América Latina, un continente de contrastes

América Latina tiene algunas de las arquitecturas de derechos más avanzadas del mundo y, a la vez, algunas de las violaciones más persistentes. Los ejemplos caben en las mismas categorías de arriba.

Negación y represión de la disidencia.

  • Nicaragua. El gobierno de Ortega y Murillo cerró cientos de organizaciones civiles, encarceló a opositores y, en 2023, expulsó a un grupo de presos políticos y los despojó de su nacionalidad. Es un caso de manual de cómo se cancela a un ciudadano sin necesidad de un tribunal.
  • Venezuela. Detenciones arbitrarias, persecución política, un aparato judicial sometido al poder y uno de los mayores éxodos de la historia reciente.
  • Cuba. Las protestas del 11 de julio de 2021 terminaron en cientos de detenciones y condenas severas.

Vaciamiento desde dentro.

  • Guatemala. Tras las elecciones de 2023 hubo intentos de bloquear la asunción de Bernardo Arévalo mediante recursos judiciales y presiones del Ministerio Público. Se puede atacar la democracia con expedientes en lugar de tanques.
  • Perú. Las protestas de finales de 2022 y comienzos de 2023 dejaron decenas de muertos, muchos por disparos de las fuerzas de seguridad, y los reclamos de justicia avanzan con lentitud.

Excepción permanente.

  • El Salvador. El régimen de excepción redujo drásticamente la violencia de las pandillas y goza de alto apoyo popular. Pero Human Rights Watch documentó que en dos años y medio fueron detenidas 83.000 personas y unas 300 murieron en prisión sin investigación interna. Es el ejemplo más útil para pensar el argumento de «el pueblo lo pidió»: una mayoría puede respaldar una medida y, aun así, esa medida puede vulnerar a personas concretas, incluidos inocentes.
  • Migración. El paso por el Darién, donde cientos de miles de personas han cruzado la selva en condiciones extremas, muestra cómo el asilo se trata cada vez más como un problema de seguridad.

Violencias sin uniforme de Estado.

La desazón tiene datos, pero no es uniforme

  • Colombia. El asesinato sistemático de líderes sociales y firmantes del acuerdo de paz continúa. La Jurisdicción Especial para la Paz ha documentado los llamados «falsos positivos», ejecuciones de civiles presentados como bajas en combate. Que el Estado investigue sus propios crímenes es un avance; que las víctimas sigan esperando verdad completa y garantías de no repetición muestra lo largo del camino.
  • México. Más de cien mil personas figuran como desaparecidas, y las madres buscadoras han tenido que hacer el trabajo de rastreo que corresponde a las autoridades.
  • Toda la región convive con altos índices de feminicidio, violencia contra personas LGBTIQ+ y ataques contra periodistas y defensores ambientales.

Quien sigue la política latinoamericana con atención siente que algo se está apretando. No es solo una impresión. El informe 2026 del instituto V-Dem identifica procesos de autocratización en Argentina, El Salvador, Haití, México, Nicaragua y Perú, países que suman cerca de una cuarta parte de la población de la región.

Pero el mismo informe trae la otra mitad de la historia: Bolivia, Brasil, República Dominicana y Guatemala aparecen en proceso de democratización, y el 71 % de la población de la región vive en democracias. Contar solo una mitad sería deshonesto.

Tres precisiones que conviene tener presentes:

  • La tendencia no tiene un solo color político. Entre los países señalados hay gobiernos de izquierda, de derecha y de ninguna etiqueta clara. Lo que los conecta no es la ideología sino un patrón: concentración de poder, hostigamiento a la prensa y debilitamiento de los contrapesos.
  • Muchos llegan al poder por las urnas. Análisis recientes advierten que estos liderazgos acceden al poder por vías electorales, pero sus prácticas pueden debilitar los estándares democráticos. Es el vaciamiento desde dentro: se hace con votos, no con tanques.
  • Las clasificaciones son debatibles. Los partidarios de los gobiernos señalados suelen rechazar los índices por considerarlos sesgados. Por eso importa decir qué instituciones se citan y por qué resultan creíbles, sin presentarlas como veredicto cerrado.

La resistencia de ciertos sectores de la sociedad hacia los derechos humanos surge frecuentemente de tensiones en torno a la pérdida de privilegios, choques culturales o la percepción de que ciertas garantías amenazan el orden tradicional y la seguridad pública.

La otra cara: resistencia y avances

Sería injusto pintar un panorama solo de derrota:

  • La Constitución colombiana de 1991 y su Corte Constitucional han sido una herramienta real de protección de derechos.
  • El Sistema Interamericano, con su Comisión y su Corte, ha sentado precedentes que otras regiones envidian.
  • El Acuerdo de Escazú es el primer tratado regional sobre derechos ambientales y de sus defensores.
  • Movimientos como Ni Una Menos transformaron el debate público en varios países.
  • Las madres buscadoras y las organizaciones de víctimas son la prueba más viva de que la defensa de los derechos no espera la iniciativa de los gobiernos.
  • El giro de Bolivia, Brasil y Guatemala, que están revirtiendo la tendencia autocratizante, muestra que el retroceso no es una condena.

La reflexión: ¿por qué resisten?

Si los derechos humanos parecen tan evidentes, ¿por qué hay quien se opone a ellos con tanta obstinación? Propongo cinco razones. No todas merecen el mismo juicio moral, pero conviene separarlas.

1. Porque los derechos limitan el poder. Es la razón más antigua y la menos misteriosa. Un derecho es una frontera que dice al gobernante: hasta aquí. Quien gobierna tiene un interés directo en que esa frontera sea borrosa. Aquí no hay filosofía, hay conveniencia.

2. Porque exigen ampliar el círculo del «nosotros». Quizá sea la raíz más profunda. Los seres humanos evolucionamos en grupos pequeños, con lealtades intensas hacia los propios y desconfianza hacia los ajenos. Decir que el extranjero, el disidente, la minoría o el enemigo tienen los mismos derechos que yo choca con una intuición tribal antiquísima. Los derechos humanos son una conquista contraintuitiva: exigen un esfuerzo moral constante y no se sostienen por inercia.

3. Porque el miedo vuelve prescindible lo sagrado. En la crisis, el terrorismo o la violencia, la seguridad se presenta como bien supremo y los derechos como un lujo. La historia enseña que las restricciones concedidas «para los otros» terminan alcanzando a todos, pero el miedo rara vez deja espacio para recordarlo.

4. Porque se perciben como una imposición. Hay críticos honestos que señalan que la formulación moderna de los derechos nació en una tradición histórica concreta y viajó junto con el colonialismo y la fuerza militar. La objeción merece respuesta seria. La mía es que el origen de una idea no decide su validez, y que quienes más sufren su violación (mujeres, presos, minorías, disidentes) suelen ser los primeros en reclamarla, en su propia lengua y desde su propia experiencia. Pero la pregunta de quién define el contenido de los derechos, y con qué voz, sigue abierta, y hacerla no es traición.

5. Porque las instituciones fallaron y alguien ofrece una salida. Esta razón es la que más pesa en nuestra región. Los autoritarismos de hoy rara vez se presentan como enemigos de los derechos. Se presentan como la respuesta a la inseguridad, a la corrupción o a la desigualdad que las democracias no supieron resolver. Cuando la gente siente que las instituciones que debían protegerla no lo hicieron, aparece la tentación de entregar los derechos a cambio de resultados. Y muchas veces esa entrega cuenta con apoyo popular real.

A esto se suma el doble rasero de la Parte I, que ha regalado argumentos a quienes quieren desmontar el sistema.

Sobre «el lado incorrecto de la historia»

Es una expresión frecuente, y expresa una convicción que comparto: negar la dignidad de personas concretas es un error moral. Pero tiene una trampa, y es que sugiere que la historia avanza sola hacia el bien y que basta esperar. No es así. La historia no tiene dirección garantizada: los derechos se han ganado y se han perdido, y en varios momentos y lugares han retrocedido décadas. Avanzan porque personas concretas los defienden a un costo real.

Por eso prefiero decirlo de otro modo. No es cuestión de quién va a ganar, sino de qué principio queremos sostener aunque no ganemos: que ninguna persona pierda su dignidad por pertenecer a un grupo, vivir en un país o pensar distinto.

Una conclusión

La resistencia a los derechos humanos no se vence con más discursos, sino con más coherencia, y esa coherencia tiene tres exigencias:

  • La misma vara para todos. Si criticamos a un gobierno de un signo, debemos criticar igual a uno del signo contrario. Cada doble rasero nuestro les da razones a quienes los niegan.
  • Resultados, no solo principios. Los derechos se defienden mejor cuando las democracias responden a la inseguridad, la corrupción y la desigualdad que alimentan la tentación autoritaria.
  • Memoria y compromiso concreto. Los derechos no se pierden de golpe, sino por acumulación de silencios. Cada líder social asesinado, cada desaparecido y cada migrante que cruzó la selva nos recuerda lo que cuesta perderlos.

La pregunta final no es solo por qué otros los niegan. Es también qué estamos dispuestos a hacer cada uno, desde donde estamos, para que no se los nieguen a nadie.

Las cifras de esta entrada (detenidos en El Salvador, desaparecidos en México, líderes sociales asesinados en Colombia, clasificaciones de V-Dem) cambian cada año y las fuentes discrepan. Contrástalas con Human Rights Watch, Amnistía Internacional, V-Dem, la CIDH, Indepaz y la JEP.

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