Buscar
Síguenos
Buscar
Síguenos
U.S.A: cuando el poder se sostiene en el engaño

U.S.A: cuando el poder se sostiene en el engaño

Extracto

La retórica de la “democracia”, la “libertad” o la “lucha contra el terrorismo” funcionó, y sigue funcionando, como una coartada moral para ocultar intereses profundamente materiales

La historia contemporánea ofrece suficientes elementos para sostener una reflexión crítica profunda sobre un patrón reiterado: la utilización sistemática de la mentira como herramienta política y militar por parte de Estados Unidos para justificar intervenciones armadas en territorios ajenos.

No se trata de episodios aislados ni de simples “errores de inteligencia”, sino de una lógica estructural del poder hegemónico, orientada a preservar intereses geopolíticos, económicos y estratégicos, especialmente vinculados al control de recursos naturales, rutas comerciales y zonas de influencia. A lo largo del siglo XX y lo que va del XXI, la narrativa oficial estadounidense ha recurrido reiteradamente a amenazas exageradas, fabricadas o directamente falsas para legitimar el uso de la fuerza.

Desde la manipulación del incidente del Golfo de Tonkín para intervenir en Vietnam, hasta la invención de armas de destrucción masiva en Irak, el libreto ha sido el mismo: construir un enemigo, sembrar miedo en la opinión pública interna e internacional y presentar la agresión como un acto defensivo o moralmente necesario. Estas mentiras no solo habilitaron guerras devastadoras, sino que destruyeron países enteros, dejando millones de muertos, desplazados y sociedades fragmentadas.

Lo más grave es que muchas de estas intervenciones se dirigieron contra Estados y pueblos que defendían su soberanía, sus modelos políticos propios o el control de sus recursos. Petróleo, gas, minerales estratégicos y posiciones geográficas clave aparecen, una y otra vez, como el verdadero trasfondo de las operaciones militares.

La retórica de la “democracia”, la “libertad” o la “lucha contra el terrorismo” funcionó, y sigue funcionando, como una coartada moral para ocultar intereses profundamente materiales. Estas mentiras han sido reforzadas por complejos entramados de poder: sectores del complejo militar-industrial, grandes corporaciones energéticas, agencias de inteligencia y medios de comunicación alineados con el discurso oficial.

Organismos como la CIA han sido señalados en múltiples ocasiones por operaciones encubiertas, desinformación y golpes indirectos contra gobiernos que no se alineaban con los intereses de Washington. El resultado ha sido la consolidación de un orden internacional sostenido más por el miedo que por el consenso, donde la fuerza sustituye al derecho y la mentira desplaza a la verdad.

El impacto de esta práctica va más allá de las fronteras de los países atacados. La reiteración de engaños ha erosionado la credibilidad del discurso estadounidense, debilitado el derecho internacional y normalizado la idea de que el poder justifica la falsedad. Cuando un Estado se arroga el derecho de mentir para imponer su voluntad, no solo viola la soberanía ajena: corrompe las bases éticas de la convivencia global y sienta precedentes peligrosos para cualquier forma de dominación futura.

En última instancia, esta reflexión conduce a una conclusión incómoda pero necesaria: el hegemonismo sostenido en la mentira no es una muestra de fortaleza, sino de fragilidad moral y política. Un poder que necesita engañar para imponerse revela su incapacidad para convencer, dialogar o coexistir en condiciones de igualdad.

La historia ya ha mostrado que ningún imperio basado en el miedo y la falsedad es eterno; tarde o temprano, las mentiras se agotan, las víctimas alzan la voz y la verdad, aunque postergada, termina reclamando su lugar.

El deber del mundo ante la mentira hegemónica

Frente a la evidencia histórica reiterada de intervenciones justificadas sobre falsedades, el mundo no puede seguir optando por la neutralidad cómoda ni por el silencio cómplice. Cada mentira tolerada, cada agresión normalizada y cada violación al derecho internacional aceptada como “inevitable” fortalece un orden global injusto, en el que la fuerza prevalece sobre la verdad y la soberanía de los pueblos se vuelve negociable.

La comunidad internacional debe asumir una posición firme, consciente y colectiva frente a estas prácticas, especialmente cuando provienen de una potencia como Estados Unidos, cuyo poder militar, económico y mediático ha logrado imponer narrativas que luego se revelan falsas, pero cuando el daño ya es irreversible. Rechazar este comportamiento no es un acto ideológico, sino un imperativo ético y político para preservar la posibilidad misma de un orden internacional basado en normas y no en la imposición

El primer paso es romper la hegemonía del relato. Los Estados, los organismos multilaterales, la academia, los medios de comunicación y la sociedad civil deben cuestionar activamente los discursos oficiales que apelan al miedo, al enemigo externo o a supuestas amenazas inminentes.

La experiencia histórica demuestra que, detrás de estos argumentos, suelen esconderse intereses económicos y estratégicos que nada tienen que ver con la defensa de la democracia o los derechos humanos. En segundo lugar, el mundo debe fortalecer y defender los mecanismos del derecho internacional, hoy debilitados por la selectividad con la que se aplican.

No puede existir un sistema en el que algunos países sean juzgados y sancionados mientras otros actúan con impunidad. Organismos como la Organización de las Naciones Unidas deben recuperar autonomía real y capacidad coercitiva frente a las potencias, o de lo contrario seguirán siendo escenarios retóricos sin poder efectivo para prevenir la guerra y la devastación.

Asimismo, los pueblos del mundo tienen la responsabilidad de solidarizarse con las naciones agredidas, no desde una lógica de alineamientos ciegos, sino desde la defensa del principio fundamental de la soberanía. Defender a un país atacado injustamente no significa avalar todos sus gobiernos o decisiones internas; significa rechazar que la mentira y la fuerza se conviertan en métodos legítimos de dominación global.

Finalmente, asumir una posición firme implica desnaturalizar la guerra como instrumento político. Mientras la guerra siga siendo presentada como una opción válida para resolver disputas o garantizar intereses, las mentiras seguirán siendo funcionales al poder. La humanidad debe avanzar hacia una conciencia colectiva que entienda que no hay guerra “preventiva”, “humanitaria” o “necesaria” cuando se funda en el engaño y produce sufrimiento masivo.

Rechazar la mentira hegemónica no es un gesto simbólico: es una decisión histórica. Significa elegir entre un mundo gobernado por el miedo o uno construido sobre la verdad, la justicia y el respeto mutuo. Callar, mirar hacia otro lado o relativizar la evidencia no es neutralidad: es participación pasiva en la perpetuación del abuso. El desafío del presente es claro: o el mundo aprende a decir “no” al poder que miente, o seguirá pagando, una y otra vez, el costo humano de esa falsedad.

Intervención militar en Venezuela y agresión contra Irán: mentira, fuerza y hegemonía en el siglo XXI

En enero de 2026, el gobierno de Estados Unidos llevó a cabo una operación militar directa en Venezuela, denominada Operación Resolución Absoluta. Durante la madrugada del 3 de enero, las fuerzas armadas estadounidenses bombardearon objetivos estratégicos en Venezuela y, según comunicó la Casa Blanca, capturaron al entonces presidente Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores, trasladándolos fuera del país para enfrentar cargos en Estados Unidos. El episodio marcó la intervención militar más explícita en la región en décadas y fue descrito por varios gobiernos latinoamericanos como una violación de la soberanía venezolana y del derecho internacional.

Organizaciones internacionales y expertos en derecho internacional señalaron que la operación no contó con autorización del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas ni de una declaración de guerra por parte del Congreso estadounidense, lo que la convierte en un acto de fuerza unilateral. Países como Irán, Cuba, México y Colombia denunciaron la acción como agresión militar y violación de la soberanía venezolana.

Este operativo militar no se presentó como una simple “ayuda contra el narcotráfico” o “presión diplomática”, sino como una acción de fuerza explícita para remover de facto al gobierno venezolano y ejercer control sobre sus instituciones. Aunque Washington justificó su actuación apelando a la lucha contra el “narcoterrorismo”, muchos analistas han señalado que el uso de la fuerza y la captura forzada de un jefe de Estado extranjero sin mandato internacional rompe con las normas fundamentales del sistema multilateral y sienta un precedente peligroso para el derecho internacional.

Poco después, en febrero-marzo de 2026, la tensión entre Estados Unidos e Irán escaló hacia un conflicto militar abierto en Oriente Medio. Las fuerzas de Estados Unidos y Israel lanzaron operaciones de combate contra objetivos en Irán, en el marco de lo que algunos analistas han descrito como una guerra en curso entre estas potencias y Teherán, motivada por disputas sobre el programa nuclear iraní, misiles balísticos y rivalidades geopolíticas regionales. Irán respondió con lanzamientos de misiles balísticos y drones contra bases y posiciones estadounidenses y aliadas en la región del Golfo Pérsico.

Estas acciones, la intervención militar en Venezuela y la escalada bélica con Irán, reflejan la adaptación contemporánea de una lógica intervencionista que ya no siempre se presenta en forma de guerras prolongadas al estilo clásico, sino mediante ataques selectivos, operaciones militares híbridas y alianzas estratégicas con terceros.

En ambos casos, los discursos oficiales se apoyan en narrativas de amenaza, terrorismo o prevención, pero la realidad es que estas operaciones implican uso de la fuerza sin mandato multilateral claro y con consecuencias profundas para la soberanía de otros Estados y para la estabilidad regional.

Este patrón reciente, como ocurrió en intervenciones previas en Vietnam, Irak o Afganistán, muestra que el recurrir a la fuerza en nombre de valores como “democracia”, “seguridad” o “lucha contra el extremismo” ha sido una estrategia persistente para justificar acciones que, en el fondo, responden a intereses estratégicos, geopolíticos y económicos más que a principios éticos universales.

Únete a la discusión

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Menu