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Irán y Estados Unidos: seis meses de guerra y la pregunta que Washington no logra responder

Irán y Estados Unidos: seis meses de guerra y la pregunta que Washington no logra responder

Han pasado más de seis meses desde que Estados Unidos e Israel lanzaron, el 28 de febrero de 2026, una ofensiva militar de gran escala contra Irán

Trump planteó entonces como objetivos de guerra destruir la capacidad de misiles balísticos iraníes, eliminar su marina, impedir que el país adquiriera algún día un arma nuclear y cortar su apoyo a fuerzas proxy, además de llamar abiertamente a un cambio de régimen.

Hoy, el conflicto sigue sin resolverse, y evaluar si la estrategia de Trump ha sido un acierto o un fracaso depende, en buena medida, de qué vara se use para medirlo.

Cómo llegamos hasta aquí

La ofensiva no surgió de la nada. El propio primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, llevaba meses presionando a Trump para atacar, y el 11 de febrero le presentó durante una hora, en la Sala de Situación de la Casa Blanca, un argumento sobre una victoria casi segura.

Tras los ataques de febrero, que terminaron con la vida del líder supremo Ali Jamenei y golpearon infraestructura nuclear y militar, se abrió una ventana diplomática: el 17 de junio, Trump y el presidente iraní Masoud Pezeshkian firmaron un memorando que contemplaba el cese de hostilidades en Líbano, el fin de las restricciones iraníes en el estrecho de Ormuz, la reducción de activos militares estadounidenses en la región y un alivio de sanciones a cambio de que Irán reafirmara que no buscaría un arma nuclear.

Ese acuerdo, sin embargo, resultó frágil. La cláusula sobre Ormuz, que exigía a Irán garantizar el paso seguro de buques comerciales, se convirtió en el punto de fricción permanente, y tras el ataque a tres barcos el 6 y 7 de julio, Trump declaró que consideraba roto el acuerdo. Desde entonces el patrón se repite: treguas parciales, choques puntuales y una escalada que nunca termina de apagarse del todo.

El argumento del «acierto»

Quienes defienden la gestión de Trump señalan varios puntos concretos. Se evitó el escenario más costoso, una invasión terrestre, ya que el propio Trump se ha mostrado reacio a desplegar tropas y ha confiado en que los bombardeos aéreos basten para forzar un acuerdo en sus términos.

Además, la presión económica se ha intensificado de forma sostenida: Trump ha amenazado con lo que llamó la «operación económica más aplastante» contra Teherán, apuntando al contrabando de petróleo, las transferencias de efectivo, las casas de cambio y las empresas fachada que sostienen al régimen.

A ese aislamiento se sumó un golpe simbólico y práctico: los Emiratos Árabes Unidos anunciaron la suspensión de todo comercio y transacciones financieras con Irán. Para esta lectura, la combinación de golpes militares puntuales, sanciones e aislamiento diplomático regional ha debilitado a Teherán más de lo que su propaganda admite.

El argumento del «fracaso»

La lectura contraria se apoya en un dato difícil de maquillar: la guerra sigue sin terminar. A pesar de una campaña militar masiva y de sanciones ya intensas, el liderazgo iraní no se ha doblegado, y la administración Trump se ha visto en dificultades para encontrar una salida al conflicto.

Mientras tanto, los precios de la energía suben, la economía global se resiente y el respaldo a la gestión de la guerra cae en las encuestas de cara a las elecciones legislativas de noviembre. El propio vicepresidente JD Vance evitó comprometerse con un cierre del conflicto: rechazó llamarlo «guerra» y se abstuvo de predecir que terminaría antes de esas elecciones.

El diagnóstico más duro viene de la prensa estadounidense: el New York Times describió a Trump como atrapado en un conflicto que no puede controlar ni superar, pese a sus declaraciones de «victoria total». Y sobre el terreno, la escalada no cede: apenas esta semana, Estados Unidos golpeó un petrolero iraní en el Golfo de Omán, mientras el negociador jefe iraní declaraba que «la era de las respuestas proporcionales ha terminado».

La resistencia iraní: entre la represión y el desgaste

El otro protagonista de esta historia es la sociedad iraní misma. Las protestas que estallaron a finales de diciembre de 2025 comenzaron por motivos económicos, una inflación superior al 40% y el desplome del rial, pero evolucionaron rápidamente hacia exigencias de la salida del propio Jamenei, extendiéndose a las treinta y un provincias del país en una de las crisis internas más graves desde 1979. El régimen respondió con dureza: arrestos masivos, restricciones severas de internet y toques de queda localizados.

¿Ha estado el régimen al borde del colapso? Los análisis discrepan. Organizaciones como Amnistía Internacional y Human Rights Watch evaluaron la amenaza a la estabilidad del régimen durante las protestas y, en general, concluyeron que era probable que sobreviviera, aunque un análisis de Chatham House sostiene que Irán tiene un orden político que ha perdido su capacidad de adaptarse y que las protestas están lejos de ser una anomalía pasajera.

Otros informes describen algo más profundo que el descontento callejero: una economía que colapsa bajo una inflación descontrolada y una moneda en caída libre ha llevado a la propia élite gobernante a volcar sus tensiones hacia adentro, con una guerra de facciones entre quienes creen que solo concesiones tácticas a Occidente pueden evitar un levantamiento más radical, y quienes advierten que cualquier concesión destruirá la moral de las bases leales.

Los escenarios que manejan los analistas de seguridad regional van desde la represión sostenida hasta la fragmentación territorial del control estatal. Un escenario de represión implicaría el uso de fuerza abrumadora para restaurar la disuasión mediante el terror, preservando la continuidad formal del régimen pero acelerando su aislamiento internacional.

Uno de fragmentación implicaría deserciones de las fuerzas de seguridad, movilización total del bazar detrás de la oposición y pérdida de control territorial en varias ciudades. Ninguno de los dos se ha consolidado todavía: el resultado más probable hasta ahora ha sido un estancamiento doloroso para ambos lados.

Una conclusión que Washington todavía no puede escribir

Medido por sus objetivos declarados, fin del programa nuclear, colapso del régimen, control del estrecho de Ormuz, el balance de la política de Trump hacia Irán sigue abierto seis meses después de iniciada la ofensiva. Quienes la defienden pueden señalar golpes reales: la eliminación de Jamenei, el aislamiento económico creciente, la ausencia de tropas estadounidenses sobre el terreno.

Quienes la cuestionan pueden señalar algo igual de real: una guerra que no termina, un régimen que no cae, un estrecho que sigue siendo un polvorín y una opinión pública estadounidense cada vez más escéptica.

Y del otro lado, la resistencia iraní, fragmentada, reprimida, pero persistente, sigue siendo la incógnita que ninguna estrategia de Washington ha logrado resolver por sí sola: ni las bombas ni las sanciones han bastado, hasta ahora, para inclinar la balanza de forma definitiva en ninguna dirección.

(Análisis basado en información disponible hasta el 7 de septiembre de 2026. Dado el carácter cambiante del conflicto, conviene contrastar con fuentes actualizadas antes de darlo por definitivo.)

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